TOMÁS, QUE GUARDA EL IRAGO EN MANJARÍN

Esta entrevista, reproducida luego en “Revista Peregrina Camino de Santiago”, fue mantenida en Herbón, el año 2009. No quiero que se pierda, por eso la reproduzco aquí. Trece años después, en 2022, y con el Camino invadido por las «sansonites» y las agencias de turismo «de aventura» (lágrimas), la historia de Manjarín sigue siendo una historia de locos, sí, pero también de resistencia

………….

Las campanas del Aubrac, de San Salvador de Ibañeta, de Foncebadón,  rasgaban  las noches de hielo y bruma llamando a los peregrinos. Perderse en el invierno de lobos de dos y de cuatro patas en aquellas remotas soledades era condena segura para los jacobeos. Por eso manos caritativas tañían campanas de salvación, las viejas campanas del Camino de Santiago.  Pero hoy aquellas campanas de antaño guardan silencio, salvo una, una nueva campana asentada también en un lugar remoto, Manjarín, en el monte Irago. Su tañedor no es ningún monje al estilo de los del Aubrac o San Salvador de Ibañeta, pero como si lo fuera. Es Tomás – en el mundo y hace “cienes de años”, en Madrid, Tomás Martínez-, que desde hace dieciséis primaveras guarda la noche y el sueño de los peregrinos entre la bruma y la soledad de los Montes de León, abrazado a una Tau, dando la mano a la precariedad a bandera izada… non nobis…. llueva, truene o nieve allí están Tomás y su gente aferrados a su humilde campana, llamando – como en los siglos- a los peregrinos de Señor Santiago: din-din-din-din… el tañido se desliza por  la niebla y la noche … ¡cuánto Camino hay en esa campana!, cuánto alivio para tantos, perdidos en la dureza del Irago, cuando el Camino ya se apaga, cuando los albergues de lavadora y expendedora de bebidas cierran “porque es invierno y no hay peregrinos”. Y es que cuando el Camino se apaga ahí sigue Tomás, a mil quinientos metros de altura, nieve, soledad y lobos (también de dos patas),  llamando con su campana a los peregrinos del Apóstol : din-din-din-din. ¿Qué les ofrece?: un refugio sin agua corriente, lavabos ni duchas, un café caliente, una mano tendida, una sonrisa, un techo y calor en la lumbre. ¿Nada más?: nada menos.  ¿Y a cambio? Compañero, todavía hay quien distingue entre valor y precio. Ahí está la hucha de los donativos. Si quieres dejas y si no… non nobis…

“Paz y bien”. El lema franciscano preside el viejo convento de Herbón, en Padrón,  dónde Tomás está sentado ante el tomador de notas. Al tomador de notas y a Tomás les une vieja amistad peregrina, es extraño verles sentados, muy serios, para “hacer una entrevista”. Tomás ha bajado de Manjarín –barba cerrada, cansancio en los ojos-  para llevar a Herbón al primer hospitalero del albergue que se abre en el convento, Ángel Espinosa. Le acompaña uno de sus fieles, Paco. Ambos, Tomás y Paco, con la Tau en sus camisetas, ya se sabe, cosas de la “militancia”…

–      Tomás, ¿cómo empezó lo del Temple?

–       No te lo vas a creer.

–       Ya estás largando

–        Pues mira, en una biblioteca, en Madrid. Un libro que se llamaba…yo no sabía nada de los Templarios y…

–        ¿Qué biblioteca

– Coño… es que yo militaba.. coño, ¿hay que decirlo?, ¡en la biblioteca de la Liga Comunista Revolucionaria!

Tomás mira fijamente al tomador de notas. Éste no recuerda quien empezó antes, da igual, el caso es que la carcajadas inundaron como un trueno el silencio del enorme comedor de Herbón. Tardamos en serenarnos y sólo entonces, después de torrentes de carcajadas, Tomás siguió hilando su historia:

«En Rabanal viví lo que es no tener quien te acoja en el Camino, estuve a punto de irme a casa. Luego, en 1993,  estuve de hospitalero en Villafranca con Jesús Jato. Él me animó y encontré lo que buscaba en Manjarín, un fin del mundo olvidado y en ruinas, sin nada para los peregrinos. En junio de 1993 quemé las naves y  abrí el refugio, y ahí sigo y ahí seguiré, el Camino es sobre todas las cosas espiritual y yo ahí estaré, encendiendo la lumbre para los peregrinos del espíritu, siempre los habrá, lo sé de cierto. Algunos me llaman “el último templario”. Tal vez sea cierto y yo sea el último por ser el más humilde de todos, yo entiendo el Temple como un servicio e intento ser consecuente hasta el final.»

Y luego sigue una historia de felicidad, dureza cotidiana, incomprensión con las “autoridades”:  “me llamaban, hippy, loco, de todo, todavía me lo llaman, ahora, como está de moda, me llaman friki”. Tomás habla de una visita de su hija y una parada en Rabanal:

–  ¿a dónde vas, nena?

–  A Manjarín

–  ¿No iras a ver al loco ese de Tomás?

–  Sí, voy a ver a mi padre.

Ahora ya no hay carcajadas, Tomás enseña media sonrisa cansada entre las barbas templarias.  Poco a poco va desgranando una historia de precariedad, lucha, entereza y coraje: “La Nochebuena de 1996 no teníamos nada, cenamos unas patatas y algo más. Tres días después aparecieron unos amigos, peregrinos, que nos estaban agradecidos, nos dejaron cuarenta y cinco kilos de comida, no me olvido,  Tampoco me olvido de lo preocupado que andaba  cuando nos faltaba el café para ofrecer a los peregrinos y siempre me apareció alguien regalando unos kilos,  en Manjarín lo cotidiano es el milagro…”

Y es que Manjarín es Camino de Santiago, y claro, se dan los milagros: «el 19 de julio de 1999 llegó en medio de la noche una peregrina italiana que viajaba sola. En su credencial vimos que venía desde Jerusalén. Apenas habló pero se cortaba el ambiente, todo era muy especial, muy raro. Al despedirse al día siguiente nos dijo: “seguid siempre aquí”. Y se perdió en la niebla. Nos pusimos a rezar las oraciones y la casualidad quiso que aquel día nuestr0 rezo coincidiera con el pasaje bíblico de la llegada de los ángeles a la casa de Lot. Días después apareció un peregrino con una revista que mostraba un reportaje sobre apariciones. Nos quedamos conmocionados: la cara de la Virgen que salía en una fotografía era la misma de la peregrina de aquella noche de julio.»

Tomás habla de intentar conseguir más tiempo para la meditación, para el estudio. El trabajo en Manjarín es intenso, no se para, en verano pasa gente y gente, muchos de ellos sólo para fotografiarles cuando, con todos los arreos templarios, Tomás y sus escuderos rezan a todos los santos e invocan a  os poderes  que en el mundo han sido pidiendo por la paz y la felicidad de sus semejantes.  Quieren poner en la casa de Paco un centro de meditación. En el grupo, además, piden al que se quiera acercar a ellos un mínimo de tres años de iniciación y acercamiento, a Tomás se le nota escarmentado de algunas experiencias: “hay gente que se cree que esto es una frivolidad, se sienten atraídos por algo que consideran exótico, y la realidad es muy otra, esto exige disciplina, estudio, amor al prójimo…”

Ya la noche se echa sobre los viejos muros de Herbón cuando Tomás y Paco salen para Manjarín, aunque hay cansancio infinito no quieren dejar mucho tiempo sola a la humilde campana que anuncia lumbre y una mano tendida en el Irago,  la última señal y faro del Camino de Santiago  que sigue llamando en la noche a los peregrinos, un día, y otro, y otro más en las remotas montañas donde Tomás y Paco – mitad monjes, mitad humanos- siguen haciendo  Camino todos los días a Tau y banderas alzadas. Que su dios, que probablemente es el de todos,  les bendiga y que no nos falten… “Non nobis, Dómine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam”

From Jakobsland, José A. de la Riera.

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