LEYENDAS COMPOSTELANAS; JUAN TUORUM: LA VIRGEN DE “VEN E VÁLEME “

¡Ah de las viejas leyendas! El golpeo de los bordones de peregrinos, repicando al alba sobre  las antiguas losas de la Jerusalén de Occidente, se ve siempre acompañado por otro repique, el  de las campanas que llaman a misa de primera mañana. Y en ese rumor, flotando sobre las chimeneas de Compostela,  vienen envueltas las antañonas leyendas.  Alguna forma parte de la memoria viva de la ciudad, como la de Juan Tuorum.  Hay docenas de versiones, yo se la he oído contar, a su aire, a un tabernero del Camino Portugués (¡Evohé!, Pepe “el lacónico”), la he leído en mil sitios, prefiero la versión – florida y barroca- de Leandro Carré, pero también me atrae la del tabernero, así que al final la transmito a mi manera y listo, que el derecho de narrar al libre albedrío no está en venta. Por eso, con el alba, te dejo con Juan Tuorum y su leyenda, súbela a tu mochila, como tantas leyendas del Camino de Santiago, no pesan, no agobian, y te ayudarán a comprender la magia de una ciudad que ha sido, durante jornadas agotadoras, la meta deseada y, muy probablemente, idealizada.

Eran los tiempos del arzobispo gabacho D.Berenguel de Landoire, dominico áspero que se presentó con su gente de armas a las puertas de una ciudad rebelde. Era Don Berenguel, efectivamente, de armas tomar y se las tuvo con toda la ciudad, que vio siempre en el arzobispo un amo duro y cabezón. Es en esa época remota cuando nace la leyenda de Juan Tuorum (también conocida como de la Virgen de la Soledad, de “Ven e Váleme” o de la Virgen de Bonaval).

Compostela rebullía de gentes venidas desde toda Europa. Entre el enjambre de peregrinos que ocupaban las plazas próximas a la catedral destacaba una singular pareja. Él era un peregrino anciano, de largas barbas plateadas y mirada de acero. Ella una joven pálida y hermosa que avanzaba  arrastrada por la presa poderosa que el anciano había hecho en su brazo, rodeándola con unos dedos que parecían garfios. El peregrino, de pronto, ordenó despóticamente  a la muchacha: ¡ Canta ! La joven le miró implorante. El viejo insistió, imperativo: ¡Canta!. La multitud los rodeo expectante y, entre lágrimas, Beatriz, que (como era de esperar) así se llamaba la bella, comenzó a cantar:

“Dous anos hai tan somente

que un señor de nobre casa

namorouse dunha bela

aunque caiñenta e vilana”.

Se interrumpió Beatriz entre sollozos. El anciano ladró sin inmutarse: ¡ Prosigue !

“Quixo o nobre cabaleiro

tratala coma unha dama

e non facer, cal debera,

de aquela moza sua escraba”

Nuevas miradas implorantes de Beatriz. La multitud permanecía en silencio, conmovida. El grito del viejo acuchilló el aire: ¡ Continúa, hija de Satanás !

“A luxuriosa rapaza

xa cô bo vello casada

aldraxou do nobre esposo

as nuncas ofendidas cañas

……..

“Dende entón coa sua esposa

vil, adúltera e vilana

vai buscando pol-o mundo

quen fizo tal aviltanza.

Eu son a adúltera…..

Y Beatriz cayó desmayada. Entre la gente se adelantó entonces un estudiante: “¡ Viejo repugnante, dejadla, sois repulsivo, cobarde y vil ! “ El viejo echó mano a su daga, el estudiante a su espada y, a no aparecer los arqueros del arzobispo, ambos se hubieran atravesado entre los rugidos de una masa ya enardecida. El anciano y la joven desaparecieron en el tumulto.

Se hizo la noche sobre la ciudad apostólica y, en una oscura rúa, ante un nicho donde se adoraba a la Virgen de la Soledad, solamente iluminada por un humilde candil, se emboza un hombre que aguarda. Pronto se oyen pasos. Es un doncel que avanza por la estrecha rúa para detenerse ante la Virgen. Desembaraza  la espada y se arrodilla ante la imagen. De pronto, un grito hiere la noche: “¡Confesión, me asesinan!” El doncel acude a las voces. Sobre las frías losas agoniza un caballero, con una daga clavada en el pecho. El joven atina a escuchar sus últimas palabras: “ ¡ Coñocin o meu asesino é… o vello conde d’Aveiro…que vestido de pelengrino… víñame perseguindo dende Portugal..!

Naturalmente el doncel era nuestro conocido estudiante. Ávido, interrogó al moribundo:

– ¿ La esposa de ese conde es joven, blanca y donosa?

– É, chámase Beatriz….era miña noiva…. máis o pai casouna co’ese vil de Aveiro…Decídelle…que morro amándoa…

Aparece la ronda de arqueros. Desgraciadamente, se culpa a nuestro estudiante de la muerte del caballero caído. Es declarado reo de muerte. Y un triste amanecer de primavera, mientras las primeras “anduriñas” revoloteaban por Compostela, lo sacan de las mazmorras y, zaherido por un gentío mostrenco y vengativo, es arrastrado hacia el cadalso. Cuando la comitiva llega hasta la imagen de la Virgen de la Soledad, se le permite al reo rezar un momento ante ella. El joven solo atina a decir:” ¡ Miña Virxe Santa, soy inocente, ven e váleme!”  Y, dulcemente, inclinando la cabeza sobre el pecho, entrega el alma. La multitud, conmovida, dio en gritar: ¡ Milagro! ¡ Ha muerto un inocente !

Desde entonces la virgen allí existente fue conocida como “A Virxe de Ven e Váleme” y por derivación, de Ven a Val y luego de Bonaval. Peregrino,  cerca, muy cerca de tu Camino y de la Porta do Camiño, se levanta el Monasterio de Bonaval. El pórtico de Bonaval, que da entrada al romántico cementerio del Rosario, está presidido por la inscripción: “Esta image he aquí posta por alma de Juan Tuorum. Era MCCCLXVIII”. Si los peregrinos lo supieran, dejarían una humilde flor del Camino en recuerdo del pobre Juan Tuorum. Ah, las viejas leyendas del Camino, las antiguas leyendas de Compostela…. peregrino no olvides, hay otra Compostela.

Claro que si lees por ejemplo a Filgueira Valverde todo será más prosaico, resulta que Juan Tuorum era un herrador de la Porta do Camiño. Pero ¿qué importa? La imaginación de Carré, la del tabernero y la mía (absolutamente desatada, gracias sean dadas) nos permite contar las leyendas como nos peta. Al fin y al cabo, eso es lo que nos queda, las viejas y queridas leyendas. .

Ah, sí , me estás preguntando por el Conde de Aveiro y por la bella Beatriz. Pues mira, eso es otra historia. La conoce perfectamente el tabernero, le preguntaré.

From Jakobsland, José A de la Riera.

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