EL CLUB DE LOS MALOS PADRES

Es al que pertenezco y llevo a gala. Me refiero a que uno no pertenece a la gavilla de padres “al uso” actual, se siente. No, mis hijas no son “mis amigas”, aunque son para mí lo primero, lo segundo, lo tercero…los amigos se buscan, se hacen y se rehacen, se alejan o se acercan, yo no soy su amigo, eso es otra cosa que ellos deben ganar o perder, no me da la gana, soy su padre. Pero tampoco su enemigo, quede claro, soy eso, un jodido padre, tienen un padre un tanto loco, es lo que hay.

No, no me gusta tampoco eso de la “sobreprotección”, ellos tienen que volar, deben volar en cuanto puedan y lo deben hacer en flagrante defensa propia y para eso sobran padres, el padre es un personaje del que puede que se haya aprendido algo y al que se vuelve cuando es preciso apoyar un hombro, lamerse heridas, tomar fuerza, escuchar si les da la gana, llorar o reír en complicidad, besar su mano o soltarse de ella, caminar juntos pero jamás revueltos, escucharle con alguna atención o descojonarse de él, a veces el lugar al que siempre se retorna cuando se cae el mundo, pero no es su amigo, los amigos son una cosa muy seria, los padres… depende. Claro que un padre, de esos del club de los malos padres, puede bajar a un volcán en llamas para echar las dos manos si es preciso, y eso es dudoso que lo haga un “amigo”, pero no impedirá que el libre albedrío haga pisar lava ardiendo, algunos damos continuo ejemplo en eso de pisar lava ardiendo, y además: ¿quién coño es nadie para cortar vuelos?

Uno está harto de “padres” y de “madres” exclusivos, exclusivas y atorrantes. Los tengo por doquier, están en todas partes y es insufrible, andan aún cambiando pañales a gente de treinta años que, con toda probabilidad, estarán de tales buenos padres hasta más allá de arriba. Algún día, por cierto, nos uniremos al selecto club de las malas madres y entonces habremos ganado la revolución. En tanto, ando buscando junta directiva para tan distinguido y exclusivo club. Y ahora me largo antes de ser esmeradamente lapidado, aunque realmente se me da un ardite.

From Jakobsland, José A. de la Riera

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