ORCAVELLA, LA TERRIBLE VIEJA DEL FIN DEL MUNDO

Forzoso es dejar avisado al peregrino de los avatares que acechan detrás de cualquier encrucijada, en los atardeceres al pie de las gradas de los cruceiros seculares cuando el sol poniente ilumina los líquenes milenarios.  Si te sientas al pie de uno de ellos, en cualquier anochecer del fin del mundo, puede que, como un rumor antiguo, percibas los pasos de la vieja Orcavella. Ni se te ocurra seguirla aunque sientas muy próximo su aliento infernal.

Cuidado con esa hora crepuscular en la que todavía revolotean alguna “anduriña” perdida y algún vencejo rezagado, cuidado, a esa hora comienzan a merodear lobos como hombres y hombres como lobos. Hasta hace pocas décadas los aldeanos hacían la señal de la cruz y echaban las trancas. Nadie permanecía en los caminos. ¿Nadie? Bueno, sí, algún peregrino perdido y esas figuras dignas del Bosco que eran los “augardenteiros”, con su gran alambique, recorriendo los viejos caminos entre las aldeas. También algún afilador haciendo sonar su flauta pánica para espantar “a los otros”. Pero el “augardenteiro” y el afilador conocen las claves. El peregrino, ave de paso, no las conoce,  se ha puesto en Camino precisamente para eso, para aprender.

Cuidado con esa hora. La supo ver Valle Inclán:

Es la hora del alma en pena:

una bruja en la encrucijada,

con la oración excomulgada,

le pide al muerto su cadena.

¡ Es la hora del alma en pena !

Es la hora del lubricán:

acecha el mochuelo en el pino,

el bandolero en el camino,

y en el prostíbulo Satán.

¡ Es la hora del lubricán!

El Promontorio Nerio, el cabo de Finisterre, es una enorme – y hostil- mole granítica que se alza amenazadora sobre el faro. Ahí no va casi nadie, los seres humanos de hoy en día – peregrinos y turistas- se acercan al faro pero de ahí no pasan. El Promontorio es el auténtico fin del mundo, el faro es un invento del siglo XIX. Hasta el momento de la construcción del faro, las luces de aviso (y de alarma contra piratas e invasores) se encendían en el Facho, en lo alto del Promontorio. Allí estaba (¿está?) el Ara Solis de los cronistas romanos, allí están los restos del ermita de San Guillerme, con su sarcófago tirado por los suelos, donde las parejas intentaban (¿intentan?) pasar de la fecundación in vitro para lograr una fertilidad más directa (y placentera) con la intervención del santo. Allí está la huella del pie de Nuestro Señor y la gran piedra que se puede mover con un dedo, tal como hacían los peregrinos en la edad media… y allí está la tumba de la terrible arpía Orcavella. También, desde luego, ronda por allí el Vakner.

 Casi nadie se acerca por allí, al enorme caos de granito donde confluyen todas las antiguas leyendas célticas, tampoco se indica que fue allí, en el Promontorio, donde las legiones de Décimo Junio Bruto se aterrorizaron viendo hundirse el astro sol en el mar infinito. Sospecho que no lo hacen, que no señalizan, para evitarles a los peregrinos el encuentro con Orcavella. Bueno, si me das la mano yo te subo, pero te pido sigilo, ristra de ajos y cabalgata de higas. En caso contrario, me niego a subir allá arriba.  Ah, y manteniéndonos a prudente distancia de la tumba. ¿Qué todavía no sabéis nada de Orcavella? Lo cuento:

La leyenda, conseja, alcahuetería de comadres o docudrama de corredoira,  ha sido recogida por todo cuanto ilustre historiador, antropólogo o rastreador de leyendas se ha acercado por aquellos pagos. Entre otros J.L. Pensado, Benjamín Trillo, el doctor Esmorís Recamán y últimamente por nuestro amigo Fernando Alonso Romero en su extraordinario: “Historias, Leyendas y Creencias del Finisterre”. Más o menos dice así:

En tiempos de los gentiles, cuando el Santo Apóstol todavía andaba predicando a Cristo Nuestro Señor, arribó a Galicia una mujer bárbara, vieja, fea y crudelísima como un espíritu infernal. Poseedora de artes mágicas, se dio en perseguir de tal manera a hombres y mujeres de esas pobres tierra que pronto nadie estaba a salvo si ella le podía mirar a los ojos o tocar la carne con su mano. Robaba niños y con la sangre de esos inocentes renacía todos los días. Vivió 176 años, dejando el país desolado y desierto, tal carnicería había provocado. Viendo llegar el final de sus días, harta de sangre, escogió para su última morada los peñascos que miran hacia el final de la tierra. Hizo para ello un terrible encantamiento entre las peñas y fabricó un sepulcro con sus propias manos. Con la ayuda de una pastor que había apresado, levantó una enorme lápida. Después la arpía se desnudó y abrazando al pobre pastor, se encerró con él en el sepulcro, haciendo caer sobre ellos la gran lápida granítica. Los ayes y lamentos del desventurado  fueron escuchados por sus compañeros que acudieron en su ayuda intentando entrar por un agujero entre las peñas, pero quedaron al pronto espantados al ver que el sepulcro estaba totalmente rodeado de serpientes. Hablaron con el desesperado pastor que les contó su triste historia, pero hubieron, al cabo, de dejarlo abandonado a su suerte. Aquella bruja hizo tal encantamiento que tumba y sepulcro han quedado rodeados de culebras, áspides y serpientes, que la guardan día y noche. Si se entra en aquel pequeño llano las serpientes permanecen ocultas. Pero ¡ay del que se acerque a la tumba!, será inmediatamente despedazado por sus implacable guardianas. Encima la arpía, como las sirenas de Ulises, emite llamadas lastimeras por la noche para atraer a los incautos.

Esta es la leyenda. ¿Vienes?. Claro que sesudos varones te dirán: no te preocupes, orca es igual a arca que en gallego es dolmen así que está claro, Orcavella es equivalente a dolmen viejo, piedra antigua, tal vez uno que está localizado en un cierre que una compañía telefónica tiene en el  Facho.  No hagas caso, fíate de mí y no de los sesudos varones, la vieja bruja está allí , hazme caso.  Es más, hay quién dice que al crepúsculo merodea por los antiguos caminos del fin del mundo. Como me lo cuentan lo cuento.

From Jakobsland, José A. de la Riera.

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